(El Festival Eñe, en el Círculo de Bellas Artes, durante los días 13 y 14 de noviembre, ha sido una borrachera de literatura, un encuentro de locos que se mueven a través de la cordura diaria, pensando y mirando diferente, y que durante unas horas han tenido el privilegio de no disimular).
Comenzó, para abrir boca, con una sesión de escritura automática. Una orden simple. Apoyad el bolígrafo en el papel, y comenzad a escribir sin parar y sin pensar durante diez minutos. No vale detenerse. No vale despegar la punta de la superficie blanca. No vale pensar. Es sólo una técnica de calentamiento, como el corredor que calienta antes de lanzarse a su carrera, una manera de desprenderse de las corazas que el día a día nos va echando encima. Y lo que salió fue esto:
Me va a tocar. Lo estoy viendo. De repente, después de un día absolutamente cuadriculado, con un jefe que siempre exige lo mismo: "Piensa", tengo que escribir sin pensar. Y no sé... Es tan raro que, inevitablemente, una se siente como cayendo por un abismo, y me va a tocar, me va a tocar leer. ¿Quién me mandaría avanzar, obedecer la orden dada de acercarnos y ponerme aquí, tan a mano, a su derecha? Nos lee El Principito. De lo que dice, algunos serán como el principito, otros tal vez el narrador, o el extraterrestre, o quizá el cordero de dentro de la caja. Yo debo ser el asteroide B-612 de esta historia, la cuadratura hecha carne por una profesión que niega la escritura, o una inclinación que niega la profesionalidad exigida de ocho a tres, en un ambiente claramente hostil o, si no, como mínimo, oscuro. La eterna duda: ingeniería vs. literatura. Más me habría valido ser sexadora de pollos, o quedarme viendo el telediario en la jungla casera que se debe estar montando en casa a estas horas. Pero no. Vence la pulsión como de costumbre. Escribir por no saber dejar de escribir. Pura adicción. Puro vicio.
domingo, 15 de noviembre de 2009
sábado, 24 de octubre de 2009
Movilidad inerte
No me podía mover. Estaba agotada; derrotada más bien. Veía a la gente pasar por delante del Mallorca frente al que estaba sentada, y no podía mover ni un músculo, ni siquiera las pestañas. Los veía pasar en una nebulosa, los veía borrosos, como cuando miras a través de las lágrimas, pero no era eso, no lloraba. Debía ser que enfocaba mal. Algunos me miraban a mi, otros no. No llamaba mucho la atención, iba vestida de oscuro y era de noche.
Pensé qué decirle al volver a casa. Pensé estar tranquila. No discutir. Comerme las ganas de llorar, de mandarlo todo a paseo y simplemente decirle que lo único que necesitaba eran más abrazos, que era por lo que había empezado todo. El problema era que no sabía cómo viviría con todo lo que me había dicho, pero no quería volver a discutir. Sólo quería estar en paz.
Me imaginaba a mi misma levantándome y yéndome, caminando por la calle, entrando en casa, colocándome frente a él, hablando. Imaginaba incluso cómo se lo diría, si tendría o no las manos metidas en los bolsillos (las tendría), lo que haría después de decírselo (mirarle, mirarle hasta que me abrazara). Pero no me podía mover. Estaba atada al banco en el que me había sentado, y aunque mi mente imaginaba todos los movimientos, mi cuerpo no hacía nada.
De pronto, una vecina me arrojó la solución sobre mi cabeza regando sus plantas. Un acto reflejo sin dueño me dio un brinco y empecé a andar de camino a casa. Mientras lo hacía me di cuenta de que me había quedado helada allí sentada. Apreté el paso, sólo quería llegar a casa y dormir, dormir mucho, seguía eternamente cansada.
No había nadie cuando abrí la puerta. Todas las escenas, las manos en los bolsillos, los abrazos, se esfumaron. Me puse el pijama, me acosté. Al momento oí las llaves, la puerta, vi la luz del pasillo. Me di la vuelta, me hice la dormida.
Pensé qué decirle al volver a casa. Pensé estar tranquila. No discutir. Comerme las ganas de llorar, de mandarlo todo a paseo y simplemente decirle que lo único que necesitaba eran más abrazos, que era por lo que había empezado todo. El problema era que no sabía cómo viviría con todo lo que me había dicho, pero no quería volver a discutir. Sólo quería estar en paz.
Me imaginaba a mi misma levantándome y yéndome, caminando por la calle, entrando en casa, colocándome frente a él, hablando. Imaginaba incluso cómo se lo diría, si tendría o no las manos metidas en los bolsillos (las tendría), lo que haría después de decírselo (mirarle, mirarle hasta que me abrazara). Pero no me podía mover. Estaba atada al banco en el que me había sentado, y aunque mi mente imaginaba todos los movimientos, mi cuerpo no hacía nada.
De pronto, una vecina me arrojó la solución sobre mi cabeza regando sus plantas. Un acto reflejo sin dueño me dio un brinco y empecé a andar de camino a casa. Mientras lo hacía me di cuenta de que me había quedado helada allí sentada. Apreté el paso, sólo quería llegar a casa y dormir, dormir mucho, seguía eternamente cansada.
No había nadie cuando abrí la puerta. Todas las escenas, las manos en los bolsillos, los abrazos, se esfumaron. Me puse el pijama, me acosté. Al momento oí las llaves, la puerta, vi la luz del pasillo. Me di la vuelta, me hice la dormida.
martes, 29 de septiembre de 2009
Revuelta al cole
Hay que volver al cole, comprar los libros, forrarlos, estrenar mochila, o estuche, a veces estrenar cole, o por lo menos aula y maestro, o maestra. Hay que olvidar el verano, o recordarlo sólo hasta que escribas la redacción “Mis vacaciones”, hay que volver a madrugar sin gusto, volver a pasar horas sentada haciendo cosas no siempre interesantes, a veces no haciendo nada. Hay que volver a soñar con las vacaciones del próximo año durante todo un año. Hay que volver a sentir que este año será distinto, sospechando que no lo será; que pasarán cosas, casi con miedo de que sucedan; que algo cambiará, cruzando los dedos para que nos quedemos como estamos. Hay que volver a comprar coleccionables, apuntarse a cursos o sólo pensarlos. Hay que volver a percatarse de que el tiempo es tan limitado que escasea, preguntarse si se están haciendo bien las cosas, si no sería mejor... Volver a cuestionarse la vida de una, hacia dónde se dirige, si la meta es la adecuada, si vale la pena. Es septiembre, y pase lo que pase, el curso siempre empieza en septiembre.

domingo, 28 de junio de 2009
TIJERAS
Supongo, y suponer ya es demasiado, que es preciso soltar mucho lastre antes de conseguir que la página en blanco se vuelva cómplice. No sé muy bien cómo se llega a ese estado, y en esto la experiencia se vuelve sinónimo de desesperación. A fin de cuentas, cuando la pena aprieta ¿quién tiene tiempo de esperar a reconocer la experiencia, verdad?
Estoy convencida, María, de que no existen recetas para esto de vivir, como no las hay para escribir, aunque abunden los talleres y, de vez en cuando, nos anime alguno a participar. Cursos de escritura, grupos de todo-terapia para facilitar una vida que pierde intensidad conforme deja de ser difícil. ¿Acaso alguien es capaz de enlatar (sistematizar lo llaman) la sensibilidad individual?
Creo, mi querida María, que el único remedio infalible es el sentido del humor. No me preguntes cómo se aprende a reír, he disimulado alguna vez cuando me rompía y no sabía hacerlo, hasta que atrofiada la tristeza, a base de portazos, quedó recluida por esta otra visión del mundo. Dice alguien que me conoce bien que le parece que cuando me río no está todo perdido. Y ¿sabes? Tiene razón. Ríete María, y si no sale, prueba a sonreír, que es más sencillo, y con las circunstancias en contra conviene empezar por el nivel principiante: torciendo el gesto ante la adversidad, aunque sea puro fingimiento, que el simple esfuerzo demuestra lo relativo del momento y por ahí, a menudo, surge el escape.
No hay recetas, amiga mía. Pero sí oficio. Oficio que acostumbra, hasta que a base de practicar, una descubre que no es tan difícil plantar cara, reírse del enemigo aunque para ello haya que pasar el trago de burlarse del propio miedo, mofarse del nudo y de la cuerda, que por muy marineros que sean no resisten la cuchilla de unas palabras bien afiladas, sacar la lengua al propio ridículo, desmitificar tanta seriedad circunspecta en esta vida que siempre acaba con una broma de mal gusto.
Y luego, resoplando aliviada, porque nadie es tan fuerte como aparenta, siéntate a escribir, a rememorar, o a fabular, a hacer literatura de esa que dicen que refleja la realidad como si fuera ficción y cuenta ficciones que parecen reales. Saldrás fortalecida y la próxima vez tus carcajadas serán más fuertes y tus enemigos más despreciables.
Déjame terminar con la respuesta a un correo que me escribía Aquiles tras un bosquejo, no tan literaturizado como le presumía, de ciertas mezquindades que me empujaban al lado oscuro: “…como para morirse de risa y pena (es decir, como para ponerse a escribir)”.
Estoy convencida, María, de que no existen recetas para esto de vivir, como no las hay para escribir, aunque abunden los talleres y, de vez en cuando, nos anime alguno a participar. Cursos de escritura, grupos de todo-terapia para facilitar una vida que pierde intensidad conforme deja de ser difícil. ¿Acaso alguien es capaz de enlatar (sistematizar lo llaman) la sensibilidad individual?
Creo, mi querida María, que el único remedio infalible es el sentido del humor. No me preguntes cómo se aprende a reír, he disimulado alguna vez cuando me rompía y no sabía hacerlo, hasta que atrofiada la tristeza, a base de portazos, quedó recluida por esta otra visión del mundo. Dice alguien que me conoce bien que le parece que cuando me río no está todo perdido. Y ¿sabes? Tiene razón. Ríete María, y si no sale, prueba a sonreír, que es más sencillo, y con las circunstancias en contra conviene empezar por el nivel principiante: torciendo el gesto ante la adversidad, aunque sea puro fingimiento, que el simple esfuerzo demuestra lo relativo del momento y por ahí, a menudo, surge el escape.
No hay recetas, amiga mía. Pero sí oficio. Oficio que acostumbra, hasta que a base de practicar, una descubre que no es tan difícil plantar cara, reírse del enemigo aunque para ello haya que pasar el trago de burlarse del propio miedo, mofarse del nudo y de la cuerda, que por muy marineros que sean no resisten la cuchilla de unas palabras bien afiladas, sacar la lengua al propio ridículo, desmitificar tanta seriedad circunspecta en esta vida que siempre acaba con una broma de mal gusto.
Y luego, resoplando aliviada, porque nadie es tan fuerte como aparenta, siéntate a escribir, a rememorar, o a fabular, a hacer literatura de esa que dicen que refleja la realidad como si fuera ficción y cuenta ficciones que parecen reales. Saldrás fortalecida y la próxima vez tus carcajadas serán más fuertes y tus enemigos más despreciables.
Déjame terminar con la respuesta a un correo que me escribía Aquiles tras un bosquejo, no tan literaturizado como le presumía, de ciertas mezquindades que me empujaban al lado oscuro: “…como para morirse de risa y pena (es decir, como para ponerse a escribir)”.
sábado, 13 de junio de 2009
Deshacer nudos
Deshago nudos con la tecla. Seres indeseables se me alojan en la garganta en forma de nudo, me quiebran la voz y me humedecen los ojos. Todo se vuelve borroso por su culpa. Todo lo enturbian y hasta los más dulces momentos se vuelven amargos, y los más amargos, más aún.
Son nudos difíciles de deshacer no sólo por su naturaleza complicada, anudados por expertas manos despreciables, sino porque, cuando estás a punto de conseguirlo, llega el maldito marinero a apretarlo y tienes que volver a empezar.
Da miedo encontrarse por los puertos con uno de estos bucaneros, Valentina. Sí, miedo; ni rabia ni pena ni desasosiego, realmente lo que da es miedo, no te voy a engañar. Da miedo porque, aunque proclame lo contrario, en el fondo duele e incomoda, incomodan muchísimo los miserables nudos. El nudo empezándose otra vez, apretándose más, tú sabiendo que en unas horas no podrás apenas respirar y que te llevará un tiempo precioso casi-romperlo, tiempo que deberías dedicar a vivir, a reír o a llorar, pero a vivir. Por eso tengo que darle a la tecla o a la pluma, depende del medio que tenga más a mano; para liberarme, sabiendo de antemano que de esto no saldrá nada bueno. Ya lo ves.
A algunas personas se les pone el nudo en el estómago, a otras en la espalda, conozco a algunas que incluso en las piernas, pero a mi se me ata a la garganta. Me la inunda de lágrimas y de palabras no pensadas a tiempo con ganas de ser vomitadas. ‘No, señor, es que yo a usted no le conozco’.
Sé que tengo el poder de sujetar las manos a estos seres antes de que empiecen a anudarme la garganta, pero aún no he aprendido a utilizarlo. He pensado en convertirlos en lo que son, odiables personajes en cuentos de terror, pero es que me dan tanto miedo, Valentina, que me atragantaría sólo de intentar escribirlos.
Son nudos difíciles de deshacer no sólo por su naturaleza complicada, anudados por expertas manos despreciables, sino porque, cuando estás a punto de conseguirlo, llega el maldito marinero a apretarlo y tienes que volver a empezar.
Da miedo encontrarse por los puertos con uno de estos bucaneros, Valentina. Sí, miedo; ni rabia ni pena ni desasosiego, realmente lo que da es miedo, no te voy a engañar. Da miedo porque, aunque proclame lo contrario, en el fondo duele e incomoda, incomodan muchísimo los miserables nudos. El nudo empezándose otra vez, apretándose más, tú sabiendo que en unas horas no podrás apenas respirar y que te llevará un tiempo precioso casi-romperlo, tiempo que deberías dedicar a vivir, a reír o a llorar, pero a vivir. Por eso tengo que darle a la tecla o a la pluma, depende del medio que tenga más a mano; para liberarme, sabiendo de antemano que de esto no saldrá nada bueno. Ya lo ves.
A algunas personas se les pone el nudo en el estómago, a otras en la espalda, conozco a algunas que incluso en las piernas, pero a mi se me ata a la garganta. Me la inunda de lágrimas y de palabras no pensadas a tiempo con ganas de ser vomitadas. ‘No, señor, es que yo a usted no le conozco’.
Sé que tengo el poder de sujetar las manos a estos seres antes de que empiecen a anudarme la garganta, pero aún no he aprendido a utilizarlo. He pensado en convertirlos en lo que son, odiables personajes en cuentos de terror, pero es que me dan tanto miedo, Valentina, que me atragantaría sólo de intentar escribirlos.
sábado, 16 de mayo de 2009
Breve explicación y cuento. O sólo cuentos.
(Viajo en tren cada día laborable. Es mi sala de lectura. Algún día se tuerce, olvido el libro y me sorprendo de que el trayecto sea tan largo y tedioso, tanto que, para no desesperarme, acabo observando incluso lo que no me interesa. La conclusión es un oxímoron. Lo más abundante y corriente es lo más extraordinario y sorprendente: el vacío de las miradas. Cada día las mismas personas, sentadas frente a frente, sin verse ni siquiera cuando se miran. La despersonalización de la gran ciudad. De esa experiencia surgió este cuento. No me sorprendería que Aquiles, un enamorado del tren, lo rebatiera con otro más luminoso, como su carácter.)
QUIMERAS
Como todo lo que se desea con el alma, tardó demasiado tiempo en llegar. Y cuando lo hizo, resultó menos satisfactorio de lo que había supuesto.
Alfredo había imaginado todo lo que su corta mentalidad de pequeño burgués acomodado podía dar de sí al verla por las mañanas en el andén de enfrente. Era, sin duda, la más perfecta de las mujeres de carne y hueso que él había tenido ocasión de contemplar. Aún más que esas beldades de atractivo irreal que la pantalla del televisor mete en el salón, en la cocina, incluso en el dormitorio cuando Candela, su mujer, cambiando el esquijama por un breve camisón y poniéndose más perfume del recomendable, se considera guapa.
La viajera del andén de enfrente tenía un atractivo adicional por su materialidad real, por darle pie a pensar que bastaría cruzar al otro lado para oír su voz o incluso ¿por qué no? sentir el tacto de su piel. Cada día aparecía vestida de modo diferente. Se diría que invertía en ropa más de lo que el presupuesto medio de los usuarios del tren de cercanías de su barrio podrían permitirse. Mas no era así. Alfredo sabía de memoria cada prenda visible que ella utilizaba, y sonreía ante la infinidad de combinaciones que era capaz de conseguir con un número limitado de faldas, blusas y pantalones.
Algún día se preguntó si estaría enamorado y no supo responderse. Porque no la conocía ni tenía otra referencia que la imagen. Porque fantaseaba con su cuerpo desnudo y mil sensaciones que nada tenían que ver con el sentimiento. Porque, tal vez, obsesionado era un término más acertado. Obsesionado hasta el extremo de sentirse molesto por la presencia cercana de su mujer, y adquirir la costumbre de irse a dormir mucho antes que ella, tan pronto como fuera necesario para evitar en lo posible el contacto. Sus sueños hacían que el producto de sus fantasías pareciera real. Y aunque sabía que hablaba dormido, nunca tuvo miedo porque no existía ningún nombre delator.
Los días pasan deprisa en la gran ciudad. Tren, oficina, tren, casa y vuelta a empezar. Alfredo se sustentaba de figuraciones en todos los ratos muertos, cambiando poco a poco algunos hábitos. Dejó de leer durante el trayecto al trabajo para pensar en ella. Salía unos minutos antes, por la mañana, para asegurarse de estar allí cuando ella apareciera al otro lado, y perdía cada día el tren, tomando el siguiente al de su querida desconocida, casi sufriendo al pensar que se alejaban en sentidos contrarios. No prestó atención a lo cotidiano, porque siempre está ahí. Hasta un día cualquiera, en que se rompe la rutina y todo se vuelve diferente.
El teléfono sonó sin estridencias. Lo cogió su compañero y le pasó la llamada. “Preguntan por ti”. Ni siquiera le miró a los ojos cuando alargó la mano para acercarle el auricular.
Durante los dos días siguientes, Alfredo no tuvo sueños ni quimeras. Anduvo como un autómata de la oficina al hospital y de allí a casa. No entendía como un autobús puede atropellar a una mujer que hace la compra, y no recordaba la última vez que rieron juntos. Murió en pocos minutos y no tuvo ocasión de verla. “Es mejor así”, escuchó decir al médico sin atreverse a pensar en la cara de Candela desfigurada por el impacto.
Todo pasó demasiado rápido, al vertiginoso ritmo que la ciudad impone, y él se dejó llevar por la inercia irreal de unos acontecimientos que se sucedían uno tras otro, sin excepción, tal vez ordenados por los amigos, que siempre se prestan a ayudar en cuestión de tragedias. El funeral se celebró como todos los funerales, y ella parecía intacta, bella a través del cristal como si estuviera en la imagen detenida de una pequeña televisión. Recibió pésames y alabanzas por esa apariencia de entereza que sólo oculta vacío. Y solo en casa, lloró pensando en la desconocida, odiándola como si pudiera ser responsable de su íntima traición.
Estuvo una semana sin ir a trabajar y, cuando regresó, prefirió huir del tren, aunque implicara conducir y pasar delante del tanatorio donde, finalmente, no pudo evitar parar y entrar, hablar con el encargado, agradecerles su trabajo, la oportunidad de verla por última vez sin rastro alguno del daño sufrido. “Claro, le comprendo, la importancia de estos detalles… pero, déjeme presentarle a nuestra taxidermista”. Y al girarse se encontró frente a la mujer del andén que sonriendo le estrechaba cortésmente la mano.
Desde ese día, Alfredo volvió a viajar en tren. No lee ni se fija en lo que ocurre a su alrededor. Vive abstraído en su mundo de imaginaciones imposibles, fantaseando con Candela.
QUIMERAS
Como todo lo que se desea con el alma, tardó demasiado tiempo en llegar. Y cuando lo hizo, resultó menos satisfactorio de lo que había supuesto.
Alfredo había imaginado todo lo que su corta mentalidad de pequeño burgués acomodado podía dar de sí al verla por las mañanas en el andén de enfrente. Era, sin duda, la más perfecta de las mujeres de carne y hueso que él había tenido ocasión de contemplar. Aún más que esas beldades de atractivo irreal que la pantalla del televisor mete en el salón, en la cocina, incluso en el dormitorio cuando Candela, su mujer, cambiando el esquijama por un breve camisón y poniéndose más perfume del recomendable, se considera guapa.
La viajera del andén de enfrente tenía un atractivo adicional por su materialidad real, por darle pie a pensar que bastaría cruzar al otro lado para oír su voz o incluso ¿por qué no? sentir el tacto de su piel. Cada día aparecía vestida de modo diferente. Se diría que invertía en ropa más de lo que el presupuesto medio de los usuarios del tren de cercanías de su barrio podrían permitirse. Mas no era así. Alfredo sabía de memoria cada prenda visible que ella utilizaba, y sonreía ante la infinidad de combinaciones que era capaz de conseguir con un número limitado de faldas, blusas y pantalones.
Algún día se preguntó si estaría enamorado y no supo responderse. Porque no la conocía ni tenía otra referencia que la imagen. Porque fantaseaba con su cuerpo desnudo y mil sensaciones que nada tenían que ver con el sentimiento. Porque, tal vez, obsesionado era un término más acertado. Obsesionado hasta el extremo de sentirse molesto por la presencia cercana de su mujer, y adquirir la costumbre de irse a dormir mucho antes que ella, tan pronto como fuera necesario para evitar en lo posible el contacto. Sus sueños hacían que el producto de sus fantasías pareciera real. Y aunque sabía que hablaba dormido, nunca tuvo miedo porque no existía ningún nombre delator.
Los días pasan deprisa en la gran ciudad. Tren, oficina, tren, casa y vuelta a empezar. Alfredo se sustentaba de figuraciones en todos los ratos muertos, cambiando poco a poco algunos hábitos. Dejó de leer durante el trayecto al trabajo para pensar en ella. Salía unos minutos antes, por la mañana, para asegurarse de estar allí cuando ella apareciera al otro lado, y perdía cada día el tren, tomando el siguiente al de su querida desconocida, casi sufriendo al pensar que se alejaban en sentidos contrarios. No prestó atención a lo cotidiano, porque siempre está ahí. Hasta un día cualquiera, en que se rompe la rutina y todo se vuelve diferente.
El teléfono sonó sin estridencias. Lo cogió su compañero y le pasó la llamada. “Preguntan por ti”. Ni siquiera le miró a los ojos cuando alargó la mano para acercarle el auricular.
Durante los dos días siguientes, Alfredo no tuvo sueños ni quimeras. Anduvo como un autómata de la oficina al hospital y de allí a casa. No entendía como un autobús puede atropellar a una mujer que hace la compra, y no recordaba la última vez que rieron juntos. Murió en pocos minutos y no tuvo ocasión de verla. “Es mejor así”, escuchó decir al médico sin atreverse a pensar en la cara de Candela desfigurada por el impacto.
Todo pasó demasiado rápido, al vertiginoso ritmo que la ciudad impone, y él se dejó llevar por la inercia irreal de unos acontecimientos que se sucedían uno tras otro, sin excepción, tal vez ordenados por los amigos, que siempre se prestan a ayudar en cuestión de tragedias. El funeral se celebró como todos los funerales, y ella parecía intacta, bella a través del cristal como si estuviera en la imagen detenida de una pequeña televisión. Recibió pésames y alabanzas por esa apariencia de entereza que sólo oculta vacío. Y solo en casa, lloró pensando en la desconocida, odiándola como si pudiera ser responsable de su íntima traición.
Estuvo una semana sin ir a trabajar y, cuando regresó, prefirió huir del tren, aunque implicara conducir y pasar delante del tanatorio donde, finalmente, no pudo evitar parar y entrar, hablar con el encargado, agradecerles su trabajo, la oportunidad de verla por última vez sin rastro alguno del daño sufrido. “Claro, le comprendo, la importancia de estos detalles… pero, déjeme presentarle a nuestra taxidermista”. Y al girarse se encontró frente a la mujer del andén que sonriendo le estrechaba cortésmente la mano.
Desde ese día, Alfredo volvió a viajar en tren. No lee ni se fija en lo que ocurre a su alrededor. Vive abstraído en su mundo de imaginaciones imposibles, fantaseando con Candela.
jueves, 7 de mayo de 2009
Pequeños invasores
Se me está llenando la cabeza de infancia, Valentina. Están acampando unos seres pequeños sonrientes que me besan y me abrazan en cuanto me ven, que se me cuelgan del cuello sin preguntar si aprietan demasiado, ni desconfiar de que pueda sostenerles, y que me llevan a lugares escondidos y secretos detrás de las cortinas.
Llevo un tiempo escuchando los sonidos de un tic tac que no sé de dónde viene, y es extraño, porque yo nunca he llevado reloj de agujas.
Se me está poniendo cara de rosa y azul, a mi, que siempre he sido de verde y amarillo! De cuentos de dragones y princesas e incluso de pelotas de fútbol.
Se me están dando la vuelta sueños viejos tratando de hacer hueco a otros desconocidos y ruidosos.
Dicen que estoy creciendo. Tú cómo lo ves? Yo me he medido y juraría que la cinta métrica sigue dando el mismo resultado desde hace años.

Llevo un tiempo escuchando los sonidos de un tic tac que no sé de dónde viene, y es extraño, porque yo nunca he llevado reloj de agujas.
Se me está poniendo cara de rosa y azul, a mi, que siempre he sido de verde y amarillo! De cuentos de dragones y princesas e incluso de pelotas de fútbol.
Se me están dando la vuelta sueños viejos tratando de hacer hueco a otros desconocidos y ruidosos.
Dicen que estoy creciendo. Tú cómo lo ves? Yo me he medido y juraría que la cinta métrica sigue dando el mismo resultado desde hace años.
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