La vida es una sucesión de encuentros casuales y determinantes. Nos empeñamos en fingir que controlamos la situación. “Yo soy dueño de mi destino”. Y entretanto, el “destino” o lo que sea, se ríe a carcajadas, hipando, doblado en dos, pataleando y zarandeándonos con las convulsiones de la risa.
Llevaba una época silenciosa, en cierta medida porque mi naturaleza frente al papel difiere mucho de la feminidad en ebullición de María. Y un blog no debe convertirse en una oposición desgarradora y fatigante de estilos. Además, el ritmo vital que nos acerca y aleja del papel, me tiene últimamente distraida con otros proyectos, entre ellos, algún examen universitario.
María, en algunos momentos, no cree en la magia. Está convencida del determinismo biológico, del engranaje de reacciones físico-químicas que nos hacen sentir lo que somos y lo que creemos ser. Yo, sin embargo, no estoy segura de casi nada. Pero, creo en los encuentros, que tienen la simpática costumbre de llevarme la contraria, y me gusta.
Hace unos años, en Santander, Bloody Anthony se cruzó casualmente conmigo, y me enseñó cómo un lápiz, más afilado siempre que cualquier puñal, podía clavarse en el lugar exacto de la arteria que distribuye el fluido vital de la inspiración. Sería fácil atribuir su maestría a la experiencia acumulada entre jeringuillas, bisturíes, medicinas y frascos de alcohol. Pero cuando la precisión se utiliza para describir el universo desdibujado de las sensaciones humanas, es difícil mantener cualquier postura analítica. La literatura suele ganar por KO a la mente científica racional, y los encuentros hablan de coincidencias mágicas que trascienden lo que somos.
El miércoles me examinaba en un centro cualquiera de la UNED de una asignatura cualquiera de Filología. Cansada, convaleciente aún de una intoxicación alimentaria, deseosa de terminar y abandonarme a la inactividad. Por ¿casualidad?, meses después del último intercambio, María y yo coincidimos en ese examen, de esa asignatura, de esa carrera que ninguna de las dos sospechaba que la otra estaba estudiando. Y la rutina planificada y prevista, esa que da forma a las horas del destino propio que cada uno controla, dio paso a unas cuantas cervezas de conversación inacabable. La misma que empezó un día, también por ¿casualidad?, a través de un correo electrónico que decía “No te conozco, pero sigue escribiendo”.
miércoles 22 de febrero de 2012
lunes 20 de febrero de 2012
Primavera invernal
El viento me corta la cara, Valentina. Llevo todo el fin de semana con la nariz helada, casi moqueando de la pena, pero sin llegar a hacerlo; con esa tristeza dulce que te empapa el corazón. Y que es buena, me repito, para despertar otra vez de las malditas tonterías.
Gracias por traerme esta primavera adelantada, aunque sea helada y con las esquinas roídas por los ratones que reaparecen siempre, en cualquier circunstancia, en cualquier época, en cualquier estación.
Estoy helada, así que aprovecharé este sol de febrero para calentarme un poco. Si quieres sentarte a mi lado, estaré encantada, pero permíteme que no hable, tengo ganas del silencio lento, porque no hay prisa, porque no hay nada nuevo que decir. No hay nada nuevo bajo este sol, tampoco.
Gracias por traerme esta primavera adelantada, aunque sea helada y con las esquinas roídas por los ratones que reaparecen siempre, en cualquier circunstancia, en cualquier época, en cualquier estación.
Estoy helada, así que aprovecharé este sol de febrero para calentarme un poco. Si quieres sentarte a mi lado, estaré encantada, pero permíteme que no hable, tengo ganas del silencio lento, porque no hay prisa, porque no hay nada nuevo que decir. No hay nada nuevo bajo este sol, tampoco.
domingo 22 de enero de 2012
Frío en los huesos
Cuando tengo frío, hago movimientos espasmódicos. Una culebrilla me recorre la espina dorsal y me descarga su azogue. No una serpiente ni una boa constrictor. No. Sino una culebrilla de río que se retuerce convulsa como el rabo de una lagartija.
Las lagartijas me dan un miedo atroz. Se te meten en la boca mientras duermes, y de ahí descienden, arrastrándose por tu laringe tubular hasta el estómago. Entonces campan a sus anchas, y se montan un Marina d’Or verde y gélido que van construyendo con los trozos de tortilla de espinacas que tú te vas comiendo. Y a ver quién las echa luego de su apartamento en primera línea de tu píloro.
Se necesitan muchos purgantes y mucho más frío del que yo puedo soportar para conseguir convencer a las lagartijas de que emigren a otros cuerpos más cálidos y maravillosos.
Por eso, cuando tengo frío antes de dormir, hago movimientos espasmódicos y cierro la boca apretando los labios con todas mis fuerzas.
Las lagartijas me dan un miedo atroz. Se te meten en la boca mientras duermes, y de ahí descienden, arrastrándose por tu laringe tubular hasta el estómago. Entonces campan a sus anchas, y se montan un Marina d’Or verde y gélido que van construyendo con los trozos de tortilla de espinacas que tú te vas comiendo. Y a ver quién las echa luego de su apartamento en primera línea de tu píloro.
Se necesitan muchos purgantes y mucho más frío del que yo puedo soportar para conseguir convencer a las lagartijas de que emigren a otros cuerpos más cálidos y maravillosos.
Por eso, cuando tengo frío antes de dormir, hago movimientos espasmódicos y cierro la boca apretando los labios con todas mis fuerzas.
jueves 1 de diciembre de 2011
La princesa está harta, ¿qué tendrá la princesa?
Drop drop drop drop ¿Cómo sonarán las lágrimas cuando caen sobre el cemento pulido, Valentina? Clin clin. Clon clon. La princesa está sentada en el alfeizar de la ventana con las piernas colgando y los brazos cruzados, indignada, porque no le han dejado pintar de rosa el vestido de su muñeca de papel.
Este sol de diciembre la ha dejado ciega, y ha bajado las persianas para no ver. Este sol de noviembre que da tanto calor como el membrillo. La han invitado a un cumpleaños, pero ha bajado las persianas para no ir. Me ha contado que no conocía a nadie y que odia soplar velas ajenas.
sábado 19 de noviembre de 2011
El otoño humedece los ojos
Quiero convertirme en mar. Sé que soy recurrente con el agua, Valentina. Es que estoy aprendiendo a nadar, y cada vez me gusta menos la superficie. El viento me desorienta. Me zarandea la cabeza a un lado y a otro. Me sacude con el pelo, y no sé a dónde mirar para mantenerlo ordenado. Sin embargo, en el agua… en el agua es otra cosa. Se me moja y se me queda pegado a las ideas, pero fresco. No sé si será ese silencio dentro del agua. Ese silencio, Valentina, que vale lo que pesa.
Todos me riñen si no hablo. Pero si hablo, me riñen más, porque no sé hablar bajito, sino gritando. Ya que hago el esfuerzo, lo haré bien alto. Todos riñen a los otros porque no saben otra cosa más que saber al otro, aunque el otro no tenga ni idea. Y cuando otro ha aprendido a obedecer y a no saber, todos van y lo dejan solo, desamparado, a merced del viento bromista y rebelde.
No sé encender la luz tan temprano. Va a ser eso lo que pasa, que en el agua, abajo siempre está oscuro y no da miedo. Y si cae una hoja, flota; sin embargo, fuera, en el aire, todos la pisotean, porque pisotear es algo que hacen mucho todos.
Además, en el agua te puedes dejar arrastrar por la corriente que no te lleva a ninguna parte, y si lloras, nadie se entera.

viernes 8 de julio de 2011
Desde el silencio anaeróbico
Necesito vacaciones. Qué originalidad. Cuando los sentimientos crecen hacia el exceso consiguen tocar el extremo de la insensibilidad. O de la incapacidad para reaccionar.
Tendría que inventar, y resulta que la realidad me supera. Por el tiempo empeñado en desbocar su carrera. Por el bombardeo físico de acciones que se superponen. Por los recuerdos que asaltan en medio de la precipitación. Por esas mil sensaciones que existen entre la pérdida y la posesión incompatibles afilando esta conciencia perpetua de temporalidad. Y sigo con lo que estaba haciendo sin alterar el ritmo autómata que la sociedad espera.
Si tuviera tranquilidad…
Si tuviera tranquilidad probablemente estaría muerta.
Un día pasa y somete al anterior a un impulso negativo, proyectándolo hacia atrás. Debería aprovechar este momento incierto. Y tecleo un mensaje de bienvenida en mi teléfono móvil: “Aprovecha el tiempo”. Más efectivo y menos colorista que soñar. Pero ya ves, he conseguido algunos sueños cuando ya me había convertido en otra diferente a aquella que soñó, cuando el color deslumbrante era poco más que un tono sepia. Y, a pesar de todo, la fantasía sigue siendo el alimento necesario.
María convertida en pez de colores, pez de aguas cálidas y cristalinas, que acogen sin sobresalto, nada describiendo curvas y espirales, se acerca ignorando el riesgo, dejando una estela de palabras que removió chapoteando con botas falsamente impermeables, mueve las aletas y roza apenas una coraza que resultó ser la delicada piel del corazón.
Me ahoga la impresión. Vuelvo a llenar los pulmones de aire, y al espirar surgen estas pocas palabras. Gracias.
Tendría que inventar, y resulta que la realidad me supera. Por el tiempo empeñado en desbocar su carrera. Por el bombardeo físico de acciones que se superponen. Por los recuerdos que asaltan en medio de la precipitación. Por esas mil sensaciones que existen entre la pérdida y la posesión incompatibles afilando esta conciencia perpetua de temporalidad. Y sigo con lo que estaba haciendo sin alterar el ritmo autómata que la sociedad espera.
Si tuviera tranquilidad…
Si tuviera tranquilidad probablemente estaría muerta.
Un día pasa y somete al anterior a un impulso negativo, proyectándolo hacia atrás. Debería aprovechar este momento incierto. Y tecleo un mensaje de bienvenida en mi teléfono móvil: “Aprovecha el tiempo”. Más efectivo y menos colorista que soñar. Pero ya ves, he conseguido algunos sueños cuando ya me había convertido en otra diferente a aquella que soñó, cuando el color deslumbrante era poco más que un tono sepia. Y, a pesar de todo, la fantasía sigue siendo el alimento necesario.
María convertida en pez de colores, pez de aguas cálidas y cristalinas, que acogen sin sobresalto, nada describiendo curvas y espirales, se acerca ignorando el riesgo, dejando una estela de palabras que removió chapoteando con botas falsamente impermeables, mueve las aletas y roza apenas una coraza que resultó ser la delicada piel del corazón.
Me ahoga la impresión. Vuelvo a llenar los pulmones de aire, y al espirar surgen estas pocas palabras. Gracias.
viernes 1 de julio de 2011
Lluvia yerma
Se abren los grifos y se desborda el agua. Lo inunda todo. Y yo cojo mis katiuskas de goma verdes con flores de colores dibujadas y chapino chapino chapino (que era salpicar en el idioma de mi pueblo cuando la infancia). Lo chapino todo. A ti también. Te mojo la ropa, la cara, el pelo. Y tú, que eres amiga, te ríes echando la cabeza para atrás. Te contagio del agua salada que me sale de dentro por algún grifo que me he dejado abierto.
Me descuido y el mar me llega a las rodillas, y me empuja con sus olas. ¡¡Aaaaalehop!! ¡Salta, Valentina, que viene otra! La última me ha tirado y me he ahogado un poco, pero sólo un poco, así que he tragado agua y me he convertido en pez. Y ahora me escurro entre tus pies descalzos y te hago cosquillas para que sepas dónde estoy y no me pises.
Ay Valentina, cómo echaba de menos el mar después de tanto tiempo encerrada en la pecera.
Me descuido y el mar me llega a las rodillas, y me empuja con sus olas. ¡¡Aaaaalehop!! ¡Salta, Valentina, que viene otra! La última me ha tirado y me he ahogado un poco, pero sólo un poco, así que he tragado agua y me he convertido en pez. Y ahora me escurro entre tus pies descalzos y te hago cosquillas para que sepas dónde estoy y no me pises.
Ay Valentina, cómo echaba de menos el mar después de tanto tiempo encerrada en la pecera.

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